LA CONFESION

No me costó encontrarlo. Estaba exactamente donde me dijeron que estaría. Y a la hora precisa.

Era alto, delgado y de pelo negro que en mechones rebeldes le caía sobre su ancha frente. Sus ojos, rasgados e incisivos, mostraban su vivaz inteligencia y su forma de sentarse, estrictamente erguido, denotaba que en algún momento de su vida recibió entrenamiento militar.

No me fue difícil el entablar charla con él pues, como me lo habían advertido, era buen conversador. Al principio fue un poco incómodo llevarlo hacia el tema del que quería hablar, pero rápidamente se dio cuenta de que mis intenciones no eran entablar una conversación trivial, sino el escudriñar sus pensamientos y sus recuerdos.

Yo estaba plenamente consciente de que su testimonio sería una parte vital de investigación para el libro que pensaba escribir algún día, así que cuidadosamente preparaba el escenario propicio para abordar el tema. Pero, como ya dije, se dio cuenta de mis intenciones y, directo como flecha, me preguntó:

– ¿De qué quiere hablar? Porque no creo que usted haya venido hasta acá solo para entretener a este viejo incómodo con parla condescendiente
– Para nada, don Hugo, usted no es ni tan viejo ni tampoco me es incómodo, pero sí… es cierto. Quería hablar con usted sobre un tema muy puntual.
– ¿Cuál?

Y de una vez entramos en materia.

La conversación, al principio, se hizo lenta pues era obvio que don Hugo necesitaba poner sus ideas en orden para darle sentido a todo aquello que vivió. Me dio la impresión de que hacía tiempo que esperaba que alguien llegara y conversara con él sobre los temas que marcaron su vida y que, de un modo muy particular, atestiguaba lo que realmente sucedió en la guerra que derrocó a Anastasio Somoza, dictador de Nicaragua.

Como única condición que me puso para contarme su historia fue que lo dejara hablar. Que no lo interrumpiera. Que le permitiera contar sus memorias a su modo y con sus palabras, sin modismos ni trucos argumentativos que desviaran la conversación en un sentido o en otro y, muchísimo menos, hacia el campo político o ideológico, lo cual de inmediato se me hizo obvio que detestaba.

Todo se lo acepté de inmediato.

Ahora entiendo que tuve suerte porque después averigüé que nunca volvió a hablar de los mismos temas con nadie más. Él estaba anuente a hablar, al menos aquel día, así que creo que fui realmente afortunado.

Y de verdad que habló. Me lo contó todo mientras Canelo, su perro, dormía plácido a sus pies.

A mis 18 años yo estaba muy metido en la droga. Mi vida era droga mañana, tarde y noche. Ya no me satisfacía la marihuana así que había empezado con el consumo de drogas más fuertes. No guardaba rencor para con nadie por el haber caído en el vicio, pues yo solito me metí en aquel infierno que me duro más de 30 años. Hice sufrir mucho a mi difunta madre y a mi familia, pero la verdad es que no me importaba o, si lo prefiere, no tenía noción del daño que hacía. Por eso acepto que todo lo que hice en aquellos años fue decisión mía. De nadie más. No hay excusa que valga ni justificación sicológica, muy de moda en estas épocas, que alegar. Mis padres fueron personas normales y, tanto a mis hermanos como a mí, nos educaron lo mejor que pudieron y nos corrigieron cuando tuvieron que hacerlo. Sin excesos de agresividad, pero si con intención de disciplinar y educar. Recuerdo, aunque parezca mentira, con gran amor y agradecimiento las “chililladas” que me pegó mi padre con una rama de tamarindo en aquel plácido Puntarenas de principios de los años 60. Esa cosa picaba de lo rico y le sacaba a uno las lágrimas hasta con ahogo incluido.

Y al final de cuentas de nada sirvieron pues yo era, por naturaleza, rebelde y desafiante. Me arrearon por las malas juntas, por bañarme en las pozas del Barranca o por sacar malas notas en la escuela. Cuando nos venimos a vivir a San José, allá por el Barrio Minerva en el Alto de Guadalupe, seguí exactamente igual. E igual seguía cuando nos fuimos a vivir a Coronado y cuando llegamos a Moravia en 1969, si mi memoria no me falla. Parecíamos familia de gitanos pues cambiábamos de casa cada uno o dos años, así que rodamos bastante hasta que llegamos a este pueblo. Aquí nos quedamos definitivamente, y acá murieron mis padres y acá moriré yo también.

Y al año siguiente, estando en sexto grado, fue cuando empecé a fumar mecha y fue cuando di los primeros pasos hacia las veredas oscuras y torcidas que recorrió mi vida por las siguientes 3 décadas y pico.

Robé casas y negocios. Asalté gente. Le mentí descaradamente a mis padres y a mi hermano mayor, con quien siempre tuve una profunda cercanía pues entre ambos solo habían 10 meses y medio de diferencia. Sí, mi familia fue mi víctima directa y preferida con tal de tener con que comprar la droga. A él le robé hasta sus libros de universidad, los cuales vendía por cualquier cosa que me sirviera para comprar la siguiente dosis.

En medio de ese torbellino y recién cumplidos mis 19 años en 1977, mi madre logró conseguirme, por medio de “patas” en el gobierno y por intervención de su hermano que trabajaba como abogado en la Asamblea Legislativa, un puesto en la extinta Policía Militar o la famosa PM. Tenía el cuerpo, la estatura y el carácter para estar en ese cuerpo policial, muy famoso y respetado en aquellos tiempos, hasta que llegó el abanderado de la paz y lo suprimió a finales de los años 80. Todo tipo de diferenciación y cualquier signo de militarismo, como las marchas y las famosas escuadras del Colegio Lincoln, del San Francis, del Liceo de Costa Rica, del Napoleón Quesada y hasta del Colegio de Moravia que desfilaban los 15 de Setiembre, fueron suprimidos por aquel descendiente de cafetaleros que teníamos como presidente. Esos desfiles nunca volvieron a ser los mismos.

Pero, y a pesar de que estuve en ese cuerpo policial tan respetado durante 2 años hasta Marzo de 1979, donde limpié hasta escusados y donde aprendí disciplina militar, no dejé mis vicios. Mis vicos iban donde yo iba, aunque durante el tiempo que estuve en la PM tuve que disminuir la intensidad de mi consumo.

Se detiene un momento y saca su billetera de la bolsa de atrás de su pantalón. Busca entre sus documentos y encuentra una foto polaroid, ya amarillenta y con los colores desteñidos, que me muestra con obvio orgullo. Es él vestido con su uniforme y casco negro de la PM. En la parte posterior de la foto se lee, en letra manuscrita, “12 de Marzo de 1978. Cuartel General de la PM. San José”.

Guarda la foto y, por un momento, se quedó silencioso. Pausadamente continuó su relato.

Y por esos día, se nos vino encima, y con todo, la guerra de los sandinistas contra Somoza.

A finales de 1978 y principios de 1979, a mí y a otros compañeros nos enviaron a la frontera norte disque a patrullarla y defenderla. Pero eso era lo que menos hacíamos. Dejábamos entrar a los sandinistas a cada rato cuando venían huyendo del ejército nica, o cuando se refugiaban para reagruparse y aprovisionarse después de un asalto o de un golpe en la zona de combate en el sur de Nicaragua. Había órdenes superiores para que los dejáramos pasar. Así era como escapaban pues los “chigüines” del ejército somocista no hacían ningún intento, o al menos hasta que dolorosamente comprobé lo contrario, de perseguirlos en territorio tico.

No voy a dar nombres porque no creo que eso sirva de nada y porque, de todos modos, no los recuerdo y además porque estoy seguro que eran falsos, pero tuve la oportunidad de ver, no de conocer, a varios guerrilleros y entre ellos al que llamaban Comandante Cero, quien para ese entonces ya era muy famoso por la toma del Palacio Nacional en Managua. También escuché conversaciones y discusiones entre él y gente que tenía acentos muy variados como de países suramericanos, como también cubanos y uno que otro “macho” que yo creía que eran gringos, hasta que un compañero me sacó del error y me dijo que eran europeos.

Mi hermano mayor me contó, hace poco tiempo, que estando en un hotel en el puerto de Corinto pocos años después de la victoria sandinista, él cometió el mismo error hasta que una muchacha que la pulseaba ahí mismo, y que según él se “alzó” por un cepillo y una pasta de dientes, le dijo que no eran gringos. Que esos “cheles” eran rumanos, búlgaros y checos. Y que, además, en el hotel se hospedaban un tanate de cubanos que habían llegado a trabajar para la “reconstrucción” de la patria de Sandino.

Déjeme decirle que, en esa guerra y desde el principio, se sabía quién andaba detrás de qué. Pero, la verdad, eso a mí no me interesaba. Yo andaba en mis cosas y la política no era algo que me provocara ningún interés.

Y fue por “andar en mis cosas” que me pasó lo que me pasó. La peor experiencia que he vivido en mi vida.

Aquel día de Febrero de 1979 hacía un calor infernal. Fácil podría haber andado en los 40°C y era de tal intensidad que un compañero me decía:

“Hugo, en este infierno hasta el mismo demonio pide un aire acondicionado”.

Me tocó salir de patrulla con otros compañeros bajo el mando del sargento Gonzalez, que de Dios goce, partiendo de La Cruz para entrar por Murciélago y de ahí hasta la frontera. Al acercarnos al límite, yo me separé del grupo con la excusa de que necesitaba hacer una “necesidad”, pero la verdad es que era para hacerme un puro. Caminé como 15 minutos hasta que me senté bajo un árbol joven de Guanacaste y me fumé no uno, sino dos “leños” bien enrolados. Fue tal mi mala suerte que me dio feo porque casi no había desayunado y, para peor de males, en mi loquera no me había dado cuenta de que había traspasado el mojón que señalaba donde terminaba Costa Rica y empezaba Nicaragua, así que me había perdido y adentrado en suelo nica.

Unas explosiones como bombetas y unos ayes agónicos me sacaron del viaje adormecedor que estaba teniendo. A duras penas me puse de pie y caminé lentamente hacia una zanja cubierta de matorrales que estaban cerca para cubrirme. Desde ahí pude ver, como a unos 50 metros, a una tanqueta y varios efectivos del ejército nicaragüense atacando unas posiciones guerrilleras que parecía que las habían tomado por sorpresa mientras custodiaban un transporte militar, en cuya parte de atrás, habían unos 5 soldados muertos. Cada disparo lo acompañaban de madrazos y todo tipo de insultos que, debido al caos, yo no lograba diferenciar a cuál de los dos bandos pertenecían. Hasta este día creo que ambos incurrían en las mismas tácticas de insultos y ambos, en ese departamento del “quehacer” militar, eran muy buenos. En ese renglón, definitivamente, quedaron empatados.

El asunto es que, además de un olor acre como a pólvora por la balacera, me llegaba también un hedor como a descomposición. Aquellos soldados en la parte trasera del camión de transporte militar tenían como unos tres o cuatro días de muertos, por lo que el olor a sangre y cuerpos en estado de putrefacción era muy fuerte. Me dio la impresión de que la columna sandinista fue sorprendida en el momento en el que se preparaban para enterrar aquellos cadáveres y apoderarse del camión.

La escena dantesca que presencié me causo náuseas y vomitadera, pues era algo que nunca en mi vida había visto. Las realidades de la guerra, me dirían después, pero eso no fue suficiente, hasta hoy, para sacarme esa imagen de la mente, ni tampoco las que vería después.

Como pude me recompuse y traté de huir lo más pronto posible de aquel lugar, pero ya era tarde. Me tenían rodeado pues, al frente tenía al ejército nica avanzando y, en la retaguardia, a los sandinistas defendiéndose. No me quedó otra alternativa que quedarme quieto y rogar que no me vieran. Eso sí, para ese momento ya se me había ido el efecto de los puros de mango rosa jamaiquina que me había fumado y, en lugar de concentrarme en cómo salvar el pellejo, me puse a lloriquear como niño recién nacido.

Aquella batalla duró como una media hora. Media hora interminable en la que yo, sin ser parte de ninguno de los dos bandos enfrentados, había quedado atrapado. Para un jovenzuelo tico de 21 años recién cumplidos, acostumbrado a otras cosas, aquello era realmente impactante. El silbido de las balas, el traqueteo de las ametralladoras, el olor a pólvora, la muerte, el miedo, los gritos y los insultos… todo se juntó en un solo momento. Y la verdad es que pensé que hasta ahí me la había prestado Dios. Pensé en mi madre, en papá, mis hermanos… Y sé que, para bien o para mal, fue Él quien me sacó de aquella encrucijada.

Me di cuenta de que todo había terminado cuando ya no se oían más disparos, ni ayes ni insultos. Aun así, me quedé quieto en mi posición como una hora más para asegurarme de que no hubiese peligro. Cuando creí tener el valor suficiente, salí lentamente de mi escondite y pude constatar lo que había sucedido. El transporte militar estaba completamente destruido y los cuerpos despedazados de los 5 soldados estaban regados en un área de como 50 metros a la redonda. A lo largo de otros 100 metros había cuerpos reconocibles por sus uniformes de soldados del ejército nicaragüense y, también, de sandinistas. En total conté los cuerpos de unos 15 combatientes. Entre ellos a uno de los que discutía, la noche anterior, con el Comandante Cero y que hablaba con acento cubano. Tenía un balazo en el cuello y su cuerpo quedó tendido sobre un amplio charco de sangre.

Yo sudaba copiosamente y me sentía muy confundido. Volví a vomitar, pero como no había desayunado ni comido absolutamente nada durante todo el día, lo que vomitaba era como una espuma de color verdoso. Al fin pude reaccionar y tener la suficiente malicia como para darme cuenta de que regresarían, ya fuesen los “chigüines” o los sandinistas, así que empecé a caminar primero y correr después hacia las posiciones que, según yo, ocupaban los “piricuacos” pues estaba seguro que, si habían huido, lo habrían hecho hacia Costa Rica.

Y no me equivoqué.

La columna sandinista había huido hacia territorio tico, pero también los “chigüines” habían entrado en nuestro territorio en su persecución. Yo los pude divisar antes de que ellos me vieran, así que tuve el tiempo suficiente para esconderme. Y la verdad es que estaba seguro de que, si me encontraban, aunque ya estaba en territorio costarricense, no me hubiera ido nada bien. Y entre pensarlo y que sucediera no pasó ni un minuto. Me encontraron y ni siquiera me di ni cuenta hasta que me desperté, con un fuertísimo dolor de cabeza, como tres horas después. La chichota que tenía en la jupa era del tamaño de un chayote y sentía el pelo apelmazado y como una carraspa sobre mi mejilla derecha. Al llevarme la mano a la cara para limpiarme, me di cuenta de que era sangre reseca que me caía hasta el cuello.

¡Era prisionero de una columna del ejército nicaragüense!

No tengo forma ni palabras para describir el miedo que se apoderó de mí. Me puse a llorar como mica baleada mientras me gritaban todo tipo de improperios:

– Sandinista hijo de puta, ahora te vestís con el uniforme de esos culeros tiquillos para engañarnos. Hablá maricón. Dinos donde está la base de tus compañeros maleantes.

Cosas como esas. Yo aún no atinaba a entender que estaba pasando. Lo único que hacía era llorar y balbucear que era costarricense, que decía maje y “tuaniz”, que vivía en Moravia y que era un drogo no un soldado sandinista. Cada vez que decía las palabras “soldado sandinistas” me arreaban con un fuete retorcido y húmedo de cuero de vaca que me dejaba surcos con rastros de sangre en los brazos y en la espalda. Uno de ellos, más encabronado que los demás, me apuntó con su revolver en la sien y me gritó “acá te mueres hijo de puta, malnacido, traidor” y halaba el gatillo. Me asustaba hasta mearme con el revolver vacío y después se echaba a reír a carcajadas. Antes de irse a reunir con sus camaradas, se volvía y me decía: “Lo que no sabes, jodido, es si la próxima vez la tengo cargada.”

Estuve en esa situación durante un par de días, creo yo, hasta que llegó un “chele”, como le decían ellos, a hablar conmigo. Era como de 2 metros de alto y con una mirada azul tan fría como cubitos de hielo en un ron con coca. En un español con fuerte acento me preguntó cómo me llamaba. Le dije hasta el rosario y el Credo. No me guardé nada. Le dije mi nombre, el de mi madre y padre y hasta el de mis hermanos. Le conté quienes eran mis “doctors” y hasta la escuela en la que había sacado mi sexto grado. Le conté como le había robado una bicicleta de carreras Benotto “nuevesitica” a mi hermano mayor para comprar “mecha”. Lo único que me faltó fue decirle el nombre de la “puta” que me desvirgó en un bar de mala muerte en Calle 12. Y no se lo dije porque nunca me lo aprendí porque simplemente nunca se lo pregunté.

No me tocó ni un pelo, al menos él no lo hizo, pero si les pidió a otros que me “torturaran” sicológicamente. El cabrón que me amenazaba con una pistola vacía venía y hacía un disparo al aire y después me apuntaba a la sien y me decía:

– Como ves, sí está cargada. Ese “chele” está loco. Mejor hablá porque está convencido de que eres un espía. Si no hablás, tiquillo culero, de aquí no salís vivo y yo soy el elegido para eliminarte.

Lo único bueno que saqué de esos interrogatorios fue cuando el “chele” recibió un mensaje por radio e inmediatamente le ordenó a un soldado que me dejara ir. Eso sí, le dio claras instrucciones de que me curara la chichota que, para ese momento, ya se había puesto entre azul y morado y me dolía como si me hubieran crucificado. Me dejaron lavarme la cara y me vendaron la herida que tenía en la cabeza y después, simplemente, recogieron sus chunches y se fueron. Ahí me dejaron tirado, hediondo a mierda y “miaos”, todo adolorido y muerto de hambre y sed…pero vivo.

Uno de ellos me regaló un par de cigarrillos Marlboro para el camino. Son gringos, me dijo. Me los regaló el “Chele”.

No se si alguien de “arriba” intervino pero, cuando al fin pude regresar al campamento nuestro, después de caminar como 3 horas sin saber ni el rumbo, me sentí aliviado y agradecido. Como resucitado. Tanto que ni me importó la semerenda puteada que me pegó el sargento González. Esa fue, hasta hoy, la peor regañada que me han pegado en toda mi vida.

¡Qué va a ser mi tata o mi mama! ¡Esa fue la regañada de mi vida!

Al día siguiente me enviaron a San José donde, al llegar, me remitieron al San Juán de Dios para que me revisaran y me curaran. Cuando regresé al cuartel general, allá por el Parque Morazán, ya tenían lista mi baja. Ni siquiera me preguntaron qué había pasado, con quien había hablado ni quien me había vendado la chichota que tenía en la cabeza, que dicho sea de paso, se me había medio infectado.

No me dejaron ni llamar a mi mama para que viniera alguien a recogerme. Me pidieron que cogiera mis cosas y me largara. Así de simple. Ni siquiera me dieron los pases del bus para irme para mi casa. Y debo de ser honesto con este punto pues, a pesar de que en ese momento se portaron bien “hijueputas” conmigo, el gobierno me pagó la totalidad de las prestaciones por los 2 años de servicios. Claro… como 2 meses después.

Mi madre, que nunca le aguantó nada a nadie, me recibió en la casa y después de asustarse de la facha que tenía y de regañarme por haber perdido el “brete”, se sentó a escuchar lo que yo había vivido en la frontera. Siempre inteligente, mucho más que mi tata, llamó a su hermano abogado y le contó lo que me había pasado.

Al día siguiente llegó mi tío y le conté la historia con lujo de detalles. Cuál fue mi sorpresa que, como 1 año después, el gobierno de Costa Rica me asignó una pensión como “veterano” de guerra. Pequeña, pero pensión al fin y al cabo, y que me daba derecho a tener todos los servicios de la Caja. Y de verdad que los usé porque, me crea usted o no, padecí de ansiedad, de pesadillas y otras cosas que mi madre hábilmente utilizó como “estrés de guerra” para obtener esa pensión y para que me atendieran en los hospitales, especialmente en el siquiátrico de Pavas, que había sido recientemente inaugurado.

No sé cómo lo hizo ni qué argumentos usó mi tío. Lo que sí sé es que me dieron esa pensión que he disfrutado desde entonces. Vivo pobremente, pero al menos tengo con que pagarme el apartamentillo y me alcanza para comprar mis “blancos”. Soy persona sencilla, así que no necesito de mucho para estar tranquilo.

Al principio mi mama me “administraba” la pensión hasta que Dios la llamó a cuentas. Desde ese entonces, ya hace como 25 años, la administro yo. Claro que me la fumé muchas veces porque, despuesito de que regresé de la frontera, caí de nuevo en las viejas prácticas. La situación se hizo insoportable en mi casa hasta que mi tata, harto de tanta “güevonada”, me hizo echado. Ahí empezó otra odisea en mi vida, pero esa se la cuento después. Por ahora solo basta con decirle que 5 años después de que murió mi madre, y estando en lo más profundo del vicio y viviendo como indigente en las calles de San José – rodeado de desgraciados similares a mí – mis pasos me llevaron a la puerta del Ejército de Salvación. Ahí pedí ayuda, y ayuda fue la que me dieron. Ellos me sacaron del abismo en el que había caído. Ellos salvaron mi vida.

Hoy me dedico, dentro de mis posibilidades, a ayudar a jóvenes adictos. A guiarlos. A aconsejarlos. Les cuento mis experiencias como drogadicto, pero nunca de mis experiencias como miembro de la Policía Militar Costarricense durante la guerra del pueblo nicaragüense contra el dictador Somoza. A usted, además de mi madre y mi tío, es la única persona a la que le he contado mi experiencia durante ese atroz conflicto.

Esta entrevista se la hice a don Hugo en Enero del 2008. Y él murió de cáncer de colon el 29 de Diciembre del 2015.

Yo nunca terminé la investigación histórica sobre la Revolución Sandinista que derrocó a Anastasio Somoza, pero esta conversación con don Hugo fue más que suficiente para comprobar mi tesis de que, en ese conflicto y además de los nicaragüenses que pelearon y murieron en él, también intervinieron otros “actores”, entre los cuales se encontraban mercenarios estadounidenses y europeos a favor de la dictadura, internacionalistas cubanos, de Europa Oriental y suramericanos a favor de los sandinistas y, también, un “actor” que fue determinante para la victoria final: la complicidad del gobierno y del pueblo de Costa Rica en favor de las huestes revolucionarias. Fue, en todos los aspectos, un conflicto clásico de la Guerra Fría, incluyendo las condiciones ideales para que mercenarios y traficantes de armas hicieran fortuna. Un conflicto de poder y dinero que terminó un día cuando a un “chigüín” se le ocurrió asesinar a sangre fría a un periodista gringo muy conocido e importante. Hasta ahí llegó el régimen de Somoza y con él a 42 años de dictadura.

Unos años después, Somoza – junto a sus guardaespaldas – moría reventado por un “bazucaso” en las calles de Asunción, Paraguay.

Don Hugo confirmó mis sospechas cuando me dijo esta frase: “Déjeme decirle que, en esa guerra y desde el principio, se sabía quién andaba detrás de qué.” El marxismo cubano-soviético tratando de crear una cabeza de playa en América Central apoyado por internacionalistas suramericanos y europeos, los gringos tratando de evitar que eso sucediera, los mercenarios y traficantes de armas haciendo su negocio y nuestro gobierno, lleno de problemas económicos y políticos que desembocaron en la tristemente célebre crisis de Carazo, tratando de sacar el mejor partido posible del conflicto y ayudando a las fuerzas revolucionarias. Acá, en nuestro país, vivieron exiliados varios de los líderes de esa revolución quienes, años después, se volvieron en nuestra contra. Principalmente uno de ellos que nunca disparó ni un tiro durante la guerra y el otro que vendería hasta su madre con tal de acomodarse al viento que socollonea las palmeras.

Y ya sabemos el resultado actual de aquella histórica lucha del pueblo nicaragüense: la sustitución de una dictadura por otra. Una revolución, y como eventualmente sucede con todas las revoluciones, traicionada por aquellos – y sus secuaces y complices – que la gestaron y dirigieron.

Durante el sepelio de don Hugo, su hermano mayor, al dar un sentido discurso al final de la misa, dijo entre otras cosas: “Coco, como le decíamos todos en la familia, fue lo que todos sabemos de él. Fue el más grave problema que vivió mi madre, quien nunca lo abandonó, y de muchos de nosotros. Su vida, y la forma que afectó a tanta gente, es imposible de obviar. Pero, así como vivió su vida, también tuvo el coraje de enfrentarla y corregir el rumbo que llevaba. El enfrentó sus más oscuros demonios y los venció. Y al cambiar ese rumbo, todos en nuestra familia nos alegramos. Y es también cierto que muchos jóvenes moravianos, y de otros cantones de San José atrapados en el mortal ciclo de la drogadicción, se beneficiaron con sus experiencias y consejos. Acá, en este momento, hay varios de ellos que lo atestiguan. Entre ellos está Andrea, una joven mujer hija de un amigo nuestro de juventud, que ha vivido una vida realmente dolorosa marcada por la prostitución, las drogas y la violencia. Hugo le ofreció su mano y su consejo y ahora está en un programa de desintoxicación y de asistencia socio-económica del gobierno.

Ese es el legado de mi hermano: la extraordinaria valentía con la que vivió su vida. Yo lo perdoné y sé que ustedes también. Y estoy seguro que Dios también lo ha perdonado.

Con esas palabras cerró su discurso y yo cerré mi agradecimiento para con don Hugo, el policía militar costarricense que, un día, me contó sus experiencias vividas en aquel conflicto que marcó un hito en la historia moderna de nuestra región centroamericana.

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