MATRIMONIO HOMOSEXUAL – UNA PERSPECTIVA HETEROSEXUAL

El matrimonio. Un asunto que anda de boca en boca en esta época nuestra y que, como ha sucedido a lo largo de los milenios – antes de forma lenta pero ahora, como todo, de forma acelerada – ha ido cambiando no solo en su concepto y alcance originales, sino que también en su manifestación tanto privada como jurídica y social.

Por razones enteramente biológicas, o sea naturales, la unión de un hombre y una mujer (macho y hembra) ha sido la norma desde la aparición de nuestra especie. Inclusive, es la norma en prácticamente todas las especies multicelulares conocidas. Hay variantes también naturales, lo sabemos, pero la norma dominante es esa: masculino y femenino y con fines esencialmente reproductivos. Esta unión, como apuntado, es natural y su razón es, por supuesto, también natural. Es la respuesta al llamado instintivo de perpetuar la especie al que todos los seres vivos responden.

El ser humano no escapa a ese llamado instintivo, como tampoco escapa a ese instinto tan poderoso como es el de sobrevivencia. Pero, a diferencia de las demás especies (inclusive a las anteriores especies Homo ya extintas) el Homo Sapiens, al desarrollar civilización y cultura, se vio en la irrenunciable necesidad social, económica y política de institucionalizar jurídicamente la unión del “macho y la hembra”. Y es tanto así que hasta las relaciones polígamas fueron supeditadas y reguladas por dicha institucionalización. Y esa institucionalización, fuese civil o religiosa (en la antigüedad realmente no había gran diferencia entre lo uno y lo otro) DESEMBOCÓ EN EL MATRIMONIO. Y esa ha sido la norma que ha prevalecido a lo largo de los siglos: la unión del “macho” y la “hembra”, o en nuestro caso, entre el hombre y la mujer. A esta unión se le validó en el sentido contractual, el cual respondía a los intereses políticos, sociales y económicos de las diferentes culturas. Digamos también, para efectos de claridad que, por lo general, otros intereses – muy humanos también – no estaban contemplados de forma explícita ni tampoco eran requisitos sine qua non para efectuar el “contrato matrimonial”, como lo era el caso del amor. Y esto fue así hasta que llegaron los romanos quienes, en una muestra más de estar adelantados a su tiempo, institucionalizaron 3 tipos de matrimonio, dos de ellos basados en intereses de clase, de descendencia, patrimonio y de poderío político y económico, y un tercero que generalmente estaba basado en el amor y en un proyecto de vida común, el cual era muy popular entre las clases pobres pues, como es obvio, solo se tenían a sí mismos para ser ofrecidos como dote.

Para hacer un paréntesis, al darse el advenimiento y predominio del patriarcado, esa relación “contractual” ya institucionalizada se enfocó en resaltar y perpetuar la preponderancia del “macho”, dejando a la “hembra” relegada a derechos inferiores. No obstante, es interesante hacer notar la relación existente entre aquello que definimos como “patrimonio” y lo que etimológicamente significa “matrimonio”, aspecto que, una vez más, resalta el sentido económico y contractual entre ambos. No es este un artículo dirigido a condenar o no el patriarcado, pues solo lo traigo a colación porque fue un hecho histórico que determinó el devenir de nuestra especie durante los últimos 14000 años, hasta que llegó el siglo XIX, y sobre todo, el siglo XX. Este tema, y estoy de acuerdo en ello, es merecedor de un estudio y una publicación aparte.

Este sencillo preámbulo lo hago con la intención de dar un poco de luz sobre lo que hoy tenemos, en la cultura occidental, como concepto del matrimonio el cual, a lo largo de los siglos, ha sido determinado por las inevitables imposiciones y consideraciones religiosas, las cuales – y dependiendo de como lo veamos – justificaban tanto los matrimonios monógamos como los polígamos. Este concepto religioso del matrimonio es el que ha sido sometido a severos cambios de interpretación y es el que ha venido cambiando aceleradamente, especialmente en las últimas 3 o 4 décadas. Y es, así mismo, el que ha sufrido los reformas más notorias en los último 2 siglos, especialmente por el hecho de que los intereses civiles de las sociedades han ido prevaleciendo, de forma irreversible, sobre los intereses religiosos. El mismo desarrollo de nuestra civilización, impulsado de forma determinante por la razón, la ciencia y la tecnología, ha terminado imponiendo el valor civil del matrimonio sobre el valor religioso del mismo. Esto ha significado una constante ruptura con las normas tradicionales que fueron impuestas por la Iglesia Católica a lo largo de casi 20 siglos. A modo de ejemplo, no es lo mismo el concepto de matrimonio dominante en el siglo XVI al que tenemos hoy en el siglo XXI, siendo este último más enfocado hacia los intereses particulares de los contrayentes y hacia los alcances de los valores civiles y jurídicos del mismo.

En todo caso, es un hecho que hoy la institución del matrimonio ya no es esencialmente religiosa (como tampoco lo fue en otras civilizaciones como la china, donde lo relevante era la tradición confuciana y sus alcances éticos y espirituales) sino civil. Se puede elegir el estilo, el rito y hasta el contrato de matrimonio que se quiera pero, al final de cuentas, lo importante es el reconocimiento civil. El matrimonio religioso, que aún mantiene su importancia relativa, es también – en su esencia – un contrato civil. Y lo civil, como bien sabemos, conlleva tanto derechos como obligaciones jurídicas las cuales han sido dictadas por las diferentes culturas para proteger la integridad y permanencia de su contrato social.

Pues bien. Hasta acá lo que se refiere a la unión “natural” entre un “hombre” y una “mujer”, sus contratos matrimoniales y sus consecuencias civiles, económicas y jurídicas; que es lo que ha tenido una vigencia casi absoluta desde que el Homo Sapiens empezó a hacer y a escribir su historia.

Hoy hay movimientos para, así mismo, dar cabida e importancia tanto jurídica como civil a otras formas de “MATRIMONIOS”. Estas formas, que no tienen las raíces naturales que he descrito, si tienen, por el contrario, exigencias sociales, cívicas, económicas y políticas muy antiguas que, de un modo u otro, también hay que atender y resolver. Y este fenómeno, que por el momento ha surgido principalmente en el mundo occidental, tiene también raíces históricas que, si las estudiamos, son verdaderamente sorprendentes y aleccionadoras. Ya el matrimonio homosexual o gay era legalmente permitido en la antigua Grecia, en la antigua Roma, e inclusive en la provincia china de Fujian. En las tribus originarias de Norte América también se daban este tipo de uniones las cuales eran aceptadas, institucionalizadas y reverenciadas como la unión entre un hombre con OTRO hombre “dos espíritus”. De hecho, los hombres “dos espíritus” eran muy respetados en varias tribus originarias por sus supuestas habilidades chamánicas. Así mismo, es interesante hacer notar que el primer matrimonio homosexual RELIGIOSO en la Europa cristiana puede ser rastreado hasta la España medieval del siglo XI cuando, en una capilla católica, un sacerdote de Galicia casó un día de Abril del 1061 DC a Muño Vandilaz y a Pedro Díaz.

O sea, a pesar de que puede haber razones justificantes distintas entre las de la actualidad y las de la antigüedad, si queda claro que la unión en su momento aceptada socialmente de la unión homosexual no es nada nuevo, aunque el mismo se reservaba estrictamente para ser realizado entre hombres. Las mujeres tuvieron que “agenciárcelas” de otras formas hasta que apareció el famoso “Boston Marriage” a finales del siglo XIX en Estados Unidos, el cual aunque era relativamente aceptado en varias áreas de Nueva Inglaterra, no tenía las características ni la relevancia apuntadas para el matrimonio gay históricos entre hombres. De hecho, era una unión libre entre dos mujeres que, o bien podían tener una relación homosexual o solo platónica, pero que convivían juntas y compartían los gastos y deberes de su convivencia.

La lucha por la aceptación plena tanto jurídica como civil del matrimonio homosexual, fuese entre dos hombres o entre dos mujeres, se inicia con la Revolución Sexual en los años 60s del siglo pasado. Esta lucha ha llevado a que en la actualidad haya 24 países que reconozcan el matrimonio gay y, además, que un país asiático como Taiwán dictara, por medio de su Tribunal Constitucional, que el Código Civil era inconstitucional y ordenara que, dentro de los siguientes 2 años, el mismo se enmendara para que el “matrimonio civil” entre dos personas del mismo sexo sea legalmente reconocido. Esto significa que, a pesar de las tradiciones religiosas, filosóficas y hasta espirituales en Oriente, las cosas también están empezando a cambiar en Asia.

En síntesis, si se considera la naturaleza civil contractual que define el matrimonio, y se excluye el elemento religioso por no vinculante, el “matrimonio civil” entre dos personas del mismo sexo tiene una justificación que cumple con “la suscripción de un contrato jurídico representante de la relación y convivencia de pareja, basada en el afecto y un proyecto de vida en común, cuando la pareja desea comunicar formalmente sus preferencias ante el resto de los miembros de su comunidad, adquiriendo los derechos y deberes pertinentes a la formulación jurídica que esté vigente en aquel país que la legalice”. Bajo esa interpretación, que es la que está prevaleciendo juridicamente en occidente, la unión homosexual estable encaja en la DEFINICION JURIDICA de matrimonio dado que los dos contratantes tienen iguales derechos y deberes. No encaja, eso sí, desde la perspectiva del interés natural y social de la perpetuación de la especie; aspecto este sobre el cual estoy de acuerdo porque este tipo de uniones NO cumplen con los requisitos básicos, a como si lo cumplen las parejas heterosexuales que, por definición, sí tienen el POTENCIAL (y ese es el punto medular) de dar vida a la prole.

Por todo lo anterior, y porque esa decisión privada y estrictamente personal debe de ser tomada de forma exclusiva por adultos que han consentido libremente con la misma, considero que el matrimonio gay CIVIL es una inevitabilidad jurídica para nuestro país. No es una cuestión religiosa ni biológica la que al final la habrá de determinar, sino de derecho y de dignidad. Sé que, a pesar de que los argumentos acá esgrimidos tengan tanto valor histórico como jurídico, la oposición a este tipo de legislación continuará en Costa Rica, más desde la perspectiva religiosa y etico-moral que desde el pragmatismo socio-político y jurídico que es, en definitiva, el que debiera de prevalecer. Es, en definitiva, un asunto de derechos y responsabilidades generadas por una decisión libre y privada entre dos ciudadanos costarricenses adultos consensuales y que el Estado costarricense está en la obligación de garantizar y proteger. Es una cuestión de derechos humanos que todo ciudadano costarricense tiene garantizados por nuestra Lex Magna.

No obstante lo apuntado, hemos de estar claros que, a pesar de su impostergable legalización, el matrimonio homosexual – que prefiero llamar “unión conyugal civil homosexual”, para evitar confusiones – no es ni depositario ni puede estar supeditado al primer derecho y obligación que si le es inherente al matrimonio heterosexual: el POTENCIAL de poder perpetuar la especie. Desde esta perspectiva, el derecho a adoptar se torna, en mi opinión personal, en capricho y no en derecho como tal, aunque he de apuntar también que estas parejas homosexuales pueden acceder a este beneficio siempre y cuando puedan demostrar total incapacidad de reproducirse y, sobre todo, indiscutible idoneidad para confrontar la responsabilidad inherente a tal acto. Pero este punto, de nuevo, también merece un artículo aparte y no es en éste el lugar para ampliar este concepto.

Esta, como podrán ya inferir, es mi opinión personal única y exclusiva que sobre el tema de la viabilidad de “unión conyugal civil homosexual” en Costa Rica, y no sobre otros temas que están en el tapete como lo son derecho a tener familia y otros asuntos relacionados que, como dije, no estoy en total desacuerdo pero que es también urgente discutir como país. Y esta opinión, que la hago para aclarar conceptos sobre los que he sido consultado ya varias veces, es la de un heterosexual católico por Fé y liberal por convicción y evolución ideológica.

Saludos;

Mario I. Franceschi

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