PERSONALIDAD POLITICA

A lo largo de 44 años, y desde que empecé a desarrollar conciencia política allá por 1973, he tenido la oportunidad de atestiguar la elección y posterior proceder de 11 diferentes administraciones ejercidas por 9 señores y una señora presidentes.

A excepción de 1, todos fueron consecuentes en su conducta, en su decir y en su proceder y actuar público. Esto NO significa que hayan sido buenos, regulares o malos presidentes, ese es otro tema, sino que sus personalidades y liderazgos, aunque muy diferentes entre sí, eran coherentes y, de forma general, dominaban o controlaban de forma satisfactoria su entorno y a sus colaboradores.

Varios de ellos se rodearon de equipos extraordinarios, de lujo, otros de amigos que abusaron de la confianza y del puesto al que accedieron. Algunos eran o han sido ególatras, tozudos o autoritarios; otros fueron pausados y políticamente muy hábiles, otros fueron y han sido buenos líderes de equipo, otros “campechanos” y carismáticos, la mayoría poseedores de gran señorío, un par bastante aristócratas y dos o tres, no más, dieron todo lo que tenían para hacer su trabajo lo mejor que pudieron. Ese trabajo que este pueblo le ha dado a muy pocos costarricenses, como lo es el máximo honor político posible: la presidencia de la República.

Aclaro que no intento, de ningún modo, catalogar sus administraciones, sino sus personalidades y la imagen que le proyectaban a nuestro pueblo o, al menos, a mí en lo personal.

De todos aprendí que la política es increíblemente ingrata, aunque en oportunidades muy gratificante, que el juicio del pueblo nunca es absoluto y que, no importa como procedan, la máxima aquella de que “el líder que no escucha a su pueblo no está legitimado para gobernarlo” tenía – y tiene – un profundo sentido ético y moral y una preponderancia y trascendencia universales. Bien que mal, unas veces más y por lo general menos, la mayoría de ellos escuchó a su pueblo, y aunque no necesariamente actuaron en concordancia, si mantuvieron su personalidad y discurso de forma coherente.

Uno, solo uno, mostró o ha mostrado una seria falta de capacidad auditiva, de reacción, de personalidad y coherencia. Nunca tuvo control de su entorno ni de sus colaboradores y nunca entendió que aunque sus gritos se escuchen hasta Cieneguita, no significa que tenga ni autoridad ni liderazgo. Uno, solo uno en mi opinión, ha mostrado que el oasis que nos pintaron como la última Coca Cola en el desierto resultó ser eso: una ilusión óptica generada por una irresponsabilidad mercadológica, además de la consecuente y penosa decepción. Ha sido instrumento o herramienta, ya sea por voluntad o por ingenuidad, en manos de “avivatos”. NUNCA alfarero, escultor o constructor de futuros y destinos, ni mucho menos líder que señalara caminos. En pocas palabras: una personalidad políticamente débil, voluble, impredecible e inestable.

Representó una esperanza que hoy prácticamente todos, con muy pocas y muy puntuales excepciones, queremos ya pasarle la página.

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