IMPACTO PROFUNDO

Un asteroide, que se veía venir desde hace como 40 años, ha golpeado y arrasado el planetoide político nacional. Es un asteroide que toda la comunidad de iluminados sabía que existía pero que, aferrados a sus defensas y alianzas construidas a lo largo de tantas décadas, confiaban que nunca su órbita lo llevaría a chocar con su bien hilvanado paraíso.

Pero… el asteroide impactó y con toda su furia. Y los terremotos fuera de escala, los tsunamis gigantescos y la lluvia ácida e incandescente que continuamente cae sobre el devastado terreno, no han dado tregua al agonizante planetoide, hoy mostrando las roídas ruinas de lo que algún día fue esplendor.

La lucha por la supervivencia es frenética y encarnizada y todo hace pensar que, a como han sido de nefastas las consecuencias inmediatas del impacto, así van a ser aquellas a más largo plazo. Por el momento, y como reacción refleja, el refugiarse en las sombras de un escudo de poder se torna insuficiente pues el canibalismo político, el “sálvese quien pueda” y la condena fácil, gratuita y desesperada, ya se han adueñado de las asoladas praderas, montañas y valles. Nadie está a salvo y – tarde o temprano – la noche nuclear que se cierne lenta pero inexorablemente sobre el planetoide alcanzará hasta el más escondido insecto, incluyendo a los hongos que se aferran a sus debilitados huéspedes.

Aquellos de la fila de infantería que intuían el inminente impacto, desdibujados en su “calculada” ignorancia o mediocridad, son los primeros en ser condenados y perseguidos, pero cegados por la soberbia, se aferran a sus nombramientos en puestos de observación con la firme – pero quimérica – convicción de que desde ahí podrán manipular a los mariscales, generales y a los cuerpos de rescate y, consecuentemente, podrán salvar el pellejo, su hacienda y su nombre. Ninguno, ni la infantería de marionetas ni los titiriteros, ni tampoco los jueces de hecho o por derecho con o sin transparencia, han tenido la entereza para aceptar ni su culpa, ni su prepotencia ni, por supuesto, su inexorable fin.

Mientras tanto, la destrucción del viejo planetoide, ahogado en su vetusta órbita, se hace cada vez más extensa. El impacto de este asteroide – bautizado por la ciudadanía que ya olía la debacle que se avecinaba como “CEMENTAZO” – ha sido demoledor y profundo. Y para algunos, que como voces de esperanza claman, esta destrucción ES LA OPORTUNIDAD para que el planetoide político nacional, en una nueva órbita alrededor de un renovado centro gravitacional, renazca de sus ruinas.

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