LA ALCANCIA

Tengo una alcancía en la que he depositado, año tras año, cada uno de los comentarios idiotas que he hecho. Pesa tanto que ni con grúa la levanto; así que la he dejado quieta ahí donde siempre me ha servido fielmente: en una esquina de mi conciencia.

En ella he depositado mis comentarios idiotas de todas las denominaciones e, inclusive, demasiados se han repetido muchísimas veces. Esta es una clara señal de que mi alcancía solo está para recibir el depósito, no para cuestionar su valor.

¡Soy yo el único responsable de la valoración!

Con el pasar del tiempo me he vuelto más avaro con los depósitos pero eso no significa, para nada, que no siga pasando a dejarle “alguito”, aunque ahora sea de forma más esporádica. Las razones de esa merma son debidas a que, afortunadamente, me he vuelto muy severo con mis valoraciones, a que han desaparecido en gran medida el impulso y las imprudencias juveniles, así como la soberbia y la indiferencia que una vez, no muy lejana en el tiempo, me hacían un asiduo colaborador.

Y aunque suene irónico, estoy muy agradecido de no tener que pasar a cada rato a hurgar la rendija oscura e insensible de mi alcancía para comentarios idiotas. El haber ahorrado por tantos años me está pagando con réditos porque los tesoros que me ha dejado con sus enseñanzas son invaluables, entre ellos, el respeto para conmigo y para con los demás.

Pero, por encima de todos los beneficios, hay una lección en particular que aprecio de sobremanera por lo difícil que me ha sido aprenderla y practicarla. Y es aquella que he resumido en la siguiente frase:

“Si no tienes nada valioso que decir entonces deja que sea el valor de tu silencio el que hable por ti”

Mi alcancía para comentarios idiotas ha cumplido, y sigue cumpliendo, su cometido a cabalidad; y es por su enorme poder didáctico y existencial que se las recomiendo fervorosamente.

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